Guardado en: cocinar con palabras | Etiquetas: beach, chesil, reseñas, vanidad
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Ian McEwan, Chesil Beach, Anagrama, € 16
A los que se comen los libros, o a los que les gustarìa que por lo menos fueran comestibles, que sepan que “Chesil Beach” es sabroso como los gajos de pasta rellena de calabaza; como las aceitunas que explotan en sus corazones de pan rallado y perejìl; el tocino que se funde dentro de la boca; las alcachofas que salpican y frìen; los pasteles humeantes de champinones frescos; la polenta con la salsa de salchicha; el chorizo picante que – aunque digas: ¡basta! – no puedes parar de picotear. Sabroso como praderas rojas y blancas de jamón ibérico; como el alma del brie; la anarquía de los tallarines en salsa de jabalí; el perfume…el perfume atractivo del risotto a la trufa; la ensalada con lluvia de granadas y naranjas; el barolo; el tiramisù; el chocolate con el marsala; la crema helada al vino dulce de Sicilia; la mousse al chocolate blanco con crema de frambuesa; el maracuyà y el azafrán; los dátiles; el café y una gota de sherry.
Los jóvenes protagonistas de la novela se sientan a esta mesa maravillosa, asustados y demasiado contenidos, examinando uno y otro manjar con desconfianza. A algún plato, incluso le conceden el honor de una tentativa.
Quieren, pero no pueden. O a lo mejor no quieren y ya está. Uno de los dos se levanta de repente, y el otro deja que se vaya. Y deja que la tarta se derrita por el calor pegajoso de esta primera noche de boda en Chesil Beach.
Los jugadores han perdido. Los dos. Se volverán atrás miles de veces, pero se quedarán sin comer.

